Hoy comienza otro mes de legislatura. Es un día en el que abundan las felicitaciones y otros formalismos. Aunque comprendo la alegría por los resultados electorales, general y quizá demasiado extendida, yo prefiero no felicitar a nadie por el momento y hacer hincapié en unos retos cuyo cumplimiento si me podrán arrancar un cumplido. Pero eso será una vez que acabe esta etapa legislativa y miremos hacia atrás, no por ahora. Por desgracia, no creo que nada vaya a cambiar y no creo que nadie se haya ganado mi voto de confianza.
Porque a nadie se le escapa que hay que debe haber cambios en lo que respecta al modo en que se suele afrontar el puesto de congresista. Con ello se trataría de conseguir que la dinámica en el Congreso llegue a ser realmente operativa y de beneficio común para la ciudadanía. De este modo se lograría que esta parte del módulo político signifique mucho más que un reparto mensual de 200 gold y de los oportunos puntos de experiencia entre los candidatos electos. Esos cambios pasan en primer lugar por una mayor preparación de las propuestas, y en segundo reconocimiento por parte de sus Señorías de que sus propuestas pueden ser mejoradas por sus compañeros -si, he llamado compañeros a los congresistas. Pero para cumplir con ambos objetivos los congresistas tendrán que adoptar como primer principio el diálogo.
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En la frase inicial del artículo iba a escribir "empezamos" pero me lo pensé mejor. Por el momento no tiene mucho sentido que nos engañemos usando el verbo en plural. Al menos, hasta el día de hoy hemos visto que nuestra participación política como ciudadanos acaba en el mismo segundo en que finaliza la jornada electoral. Esto es una pena, porque lo contrario enriquecería la labor de los congresistas. Por ello la implicación de éstos con la ciudadanía, o al menos con sus votantes y los militantes de su partido debe ser mayor. O al menos debe demostrarse, porque los resultados apenas se ven.
Por tanto, si bien es verdad que éste es un sistema representativo, también es innegable que debe potenciarse el sistema de foros que utilizan los partidos como una vía de participación. Por otro lado, es verdad que los ciudadanos podemos usar la prensa para criticar, quejarnos... etc... y también que algunos periodistas son capaces de exponer buenos argumentos e ideas más allá de la habitual polémica partidista, o de la demagogia. El congresista debe abandonar el dogma de su infabilidad personal y estar abierto a todas las aportaciones.

Tanto a las aportaciones que proceden de instancias externas del Congreso como a las que son obra de los demás congresistas. El trabajo en Congreso puede dar mejores resultados si se toma como una tarea común y de cooperación no una oportunidad de lucimiento personal. Lucimiento que es cuestionable pues la intransigencia no nos aporta nada al conjunto de los ciudadanos, como ya hemos comprobado. De nada sirve tampoco empezar con buenas intenciones para seguidamente confundir la integridad personal con la propuesta hecha. Puede haber puntos que se puden negociar o en los que se puede ceder, todo es hablarlo. A todo o nada, al final no ganamos nadie.
Todo esto no ha sido ni de lejos la costumbre hasta ahora. Así se puede apreciar en los hilos del Congreso, accesibles a todo el que quiera, no son ningún secreto. De estos hilos se deduce que muchos congresistas que hemos tenido el mes pasado tendieron muy fácilmente a parecerse a esos náufragos que salen en las tiras cómicas. Aislados de los demás, incapaces de llegar a ninguna parte, y colocados ahí como si no tuviesen ninguna procedencia. Porque así es como los vimos actuar en la presentación de las propuestas y en el modo en que intervenían en los debates. Pocos atendían a los demás, muchos no se esfuerzaban en argumentar ni al proponer. ¿De qué les vale presentarse por un partido? ¿Es que no funcionaban sus foros? ¿Es qué se las sabían todas y ni consultaban a sus compañeros? ¿Es que todo les importaba un pimiento menos los 5 gold?

Antes de seguir: En vez de derogar la ley anticebollas, a lo mejor sólo tenían que haberla modificado, cambiándola en contra de los pimientos, producto tradicional de nuestros campos y verdadero precursor de saimazismo patrio.
Hablar de la necesidad de hacer más útiles los foros de los partidos, o por lo menos de que se vean en el Congreso los resultados de su actividad, supone exigir muy por debajo de lo que realmente necesitamos ahora mismo para que funcione la Cámara Legislativa. Pues un Congreso como el que ha resultado de las elecciones de ayer, con una pluralidad de fuerzas políticas a la italiana exige un esfuerzo extra para llevar el trabajo adelante. Es tal la fragmentación del sistema de partidos que más nos conviene erradicar la improvisación. Llegar con la propuesta personal y dejarla ahí a ver que pasa debe quedar como algo del pasado.
Todos los actuales congresistas son candidatos electos pero ninguno forma parte de una mayoría, por lo que nadie puede ni siquiera justificar este tipo de prácticas remitiéndonos a las urnas. Si el electorado ha elegido un Congreso sin mayoría, una Cámara compuesta por un gran número de minorías, debe entenderse este hecho como una oportunidad para perfeccionar los hábitos democráticos. Un perfeccionamiento consistente en primer lugar en la negociación previa a la misma presentación de toda propuesta por parte de varios partidos y sus militancias como mínimo (no me olvido del proyecto Democracia Directa). Y en segundo lugar, en un debate posterior con verdadera calidad argumentativa y sin poses de divo/diva.

Si este Congreso a la italiana va a ser la tónica en lo sucesivo, no estaría mal que los partidos del top5 empiecen a hacer acuerdos programáticos explícitos con aquellos partidos minoritarios que se presentan bajo sus siglas. Esto es, que empiecen a acordar , respetando las características de cada cual, algo más que simples candidaturas, unas líneas de coordinación en la futura acción legislativa.
Para terminar. Se trata de que los congresistas sean realmente ambiciosos, el prestigio es una riqueza más perdurable que el oro de la medalla. Reconozco que quizá les sea más fácil para sus Señorías coger los 5 gold, hablar de fragmentación como la excusa ideal para no hacer nada. Porque lo contrario puede ser mucho trabajo y es mejor seguir votanto en blanco.
Es ésta una manera de votar cuya reiteración una y otra vez sólo puede significar el fracaso como congresista y un fraude al electorado. El no tomar posición es lo peor de todo lo que se puede hacer en el Congreso ¿El que siempre está que ni sabe ni contesta para qué se presenta?. Este pasotismo que suponen los votos en blanco y su gran número en la última legislatura ha sido bien denunciado en su último artículo por el vicepresidente de la mesa del Congreso en funciones (corríganme y edito), Torancito. Leánselo, se lo recomiendo.
Por mi parte, creo que el voto en blanco es la extención al módulo político de una cierta clase de prensa anodina que busca contentar a todos sin arriesgar nada.
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