Hace bastante que no intento publicar un texto más o menos elaborado con mis ideas acerca de lo que acontece ingame. Últimamente me veo obligado a una rutina consistente en unos pocos clicks y algún comment; una rutina que me hace difícil escribir cualquier cosa antes de que pierda vigencia.
Si ya antes mi teclado apenas aguantaba el tirón de la velocidad absurda que a veces define a este mundo, hoy reclamo un tiempo bala antes de poder disparar. Se me han acumulado los temas. Al final, sólo porque mi bondad es mayor que mi tiempo, me centraré sólo en la parte menos amistosa del tochopost que tenía en ciernes. Ha quedado ligeramente tochopost anyway, pero nadie obliga a leer nadie (cosa que no está mal recordar últimamente).
Mucho se habla del estado de crispación en el que vivimos. A propósito de ésto quiero centrarme en las características del lenguaje de esta crispación para relacionarlas con la cuestión cultural que tanto revuelo ha levantado en las últimas horas. Lo haré una perspectiva personal que pienso a veces que a más de uno disgustará. Y digo a veces porque siendo esto un post algo extenso, es posible que la parte más recalcitrante de los aludidos ni se enteren. Otra parte no se dará por aludida e incluso dirá que están de acuerdo y tal. Es lo normal.
Continuamente vemos la comunicación entre los ciudadanos relegada al estado de tentativa en el mejor de los casos. No es mi intención al decir esto empezar la típica defensa del lenguaje castellano, se trata de algo que va más allá. Al principio, en un ataque de optimismo pensé que los epics, wins, fails, poles subnpoles y expresiones apenas más complejas pero si mucho menos inofensivas pertenecían a la clase de lenguaje litúrgico de los regímenes totalitarios o con religión de Estado.
Lo pensé en tanto que lo consideraba un código de adhesión que había alcanzado un alto grado de autonomía, una retahila sin ton ni son, que es ajena en definitiva a la subjetividad personal, una subjetividad que queda anulada al repetir esa jerga en un acto reflejo en el cual no media ni media micra de segundo de pensamiento.
Pero me temo que es algo peor, el pretendido uso del lenguaje erepublikano se encamina a ser una parodia del acto comunicativo humano. De los componentes del acto comunicativo sólo permanece de forma segura el canal, los otros (emisor, receptor, código y mensaje) se difuminan. El uso de las palabras aquí no lo ocasiona la intención de intercambiar de ideas e información a través de un código complejo; consiste más bien en la permutación de una serie -limitada en todos los sentidos- de palabras clave y frases hechas que funcionan como simples señales exclamativas y que carecen de mayor contenido.
Hemos caído en la paradoja de usar las últimas tecnologías de la comunicación para volver hacia atrás en el camino de la evolución, hacia un estadio prelingüístico, un estadio de signos animales regidos por las partes más primitivas de nuestro cerebro.
Éste fenómeno involutivo está tan arraigado en tantos sectores de la comunidad que lo vemos proliferando incluso en los artículos pretendidamente emancipadores. Por un lado, se apuesta por mejorar aspectos de este juego en beneficio del común de los jugadores; pero por otro lado, se repiten expresiones que no son inocuas y que calcan todo lo que critican.
Me refiero a expresiones como lanzamiento de mierda, puñaladas traperas, las derivadas de cuartuco (aunque tampoco me salvo de jugar con este término)... e incluso se llega al punto en el que la mala bilis (pues no conozco la buena) se normaliza para elogiar un artículo sentido pero ponderado y correcto.
Ahora que tanto se ha hablado de la mediocridad de la prensa, tomando al novato irreductible como cabeza de turco accesible de una frustración política de la que no es responsable (por no nombrar las alusiones simplistas al coolpiquerismo); ahora y justo después de que todos se hayan movilizado para reclamar un Ministerio de Cultura... Ahora, me parece oportuno recordar que se construye desde los cimientos y que la palabra es la primera piedra si se quiere edificar lo que entendemos como Cultura con mayúscula.
Si no lo vemos así y seguimos consintiendo que ni siquiera haya cultura con minúscula en todos los ámbitos, si nos dejamos llevar por el espectáculo contínuo y sensasionalista cifrado en playbacks de gruñidos, risotadas, gritos, quejidos y eructos... Si no somos capaces de otra cosa que consentir todo ésto, aunque sea por pasiva, si al fin y al cabo sólo prolongamos estos lamentables puntos de partida, entonces que nadie venga a sorprenderse porque la Cultura sólo pueda institucionalizarse como una quimera imposible desde las migajas.
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